Encontrando el camino a las estrellas

Hace ya casi catorce años que noche tras noche despejada, salgo al campo a contemplar el Universo. Todo empezó cuando era niño y estaba de vacaciones en la casa que mi familia tiene en Ciudad Real. Una noche, como otra cualquiera del caluroso verano manchego, salí a la huerta. Vi el cielo plagado de pequeños puntitos, algunos más brillantes que otros…pero para mi, un chaval de 9 o 10 años, no tenía ningún orden, y casi como aquél que cuenta céntimos, contaba estrellas, hasta llegar al centenar…me cansé y me fui a dormir, pues ya se hacía tarde,  pero aquella sensación de intentar averiguar qué eran aquellos puntitos o a qué distancia estaban, seguía en mi. Quizá por eso mi padre me regaló un libro titulado “Respuestas para todo” ¡donde venía un capítulo entero dedicado al Universo! Aprendí muchísimo de aquel libro, pero yo quería conocer más acerca de las maravillas del cielo nocturno.

En Alcocebre, en la provincia de Castellón, teníamos un apartamento, y yo iba allí con mi familia todos los fines de semana. La mujer del socio de mi padre tenía una amiga que se llamaba Asunción (Sunsita, cariñosamente la llamaba ella) y resultó que era la viuda de Carlos Crespo, uno de los socios fundadores de la Asociación Valenciana de Astronomía en un lejano 1972…el destino a veces es caprichoso…y esta señora, a la cual yo le ayudaba a cuidar su jardín  cortando ramas secas (lo que hace cualquier chaval para entretenerse mientras los adultos hablan de sus cosas) debió percibir en mi algo de curiosidad por la astronomía. Así durante un sábado corriente, ella me dijo que su marido había fundado una sociedad de astronomía, y que si quería me podía dar algunas revistas y libros que hablaran sobre las estrellas, a lo cual respondí que si. ¡ Que bien, pensé!

Me dijeron la primera vez que llegué a la sede que tenían un Observatorio Astronómico en colaboración con la Universidad con proyectos de investigación en marcha, como la búsqueda y el seguimiento de los primerizos exoplanetas, búsqueda de cometas o supernovas…fue la guinda para un chaval que acababa de cumplir los 14 añitos. Todo cambió cuando llegué por primera vez a un cielo oscuro de verdad, el 1 de Marzo de 2003. Ese día, pude subir por primera vez al CAAT, en Aras de los Olmos, con Eduardo Calvo, un compañero de la AVA. Era un observatorio con dos cúpulas y con telescopios enormes de 200-300 y 600 mm. de abertura, nada que ver con el modesto refractor de 60mm. que los Reyes me habían regalado las Navidades anteriores.

Al levantar la vista hacia arriba me sentía muy pequeño. Veía miles y miles de estrellas por todas partes, y una de ellas ciertamente brillante, que luego me dijeron que era Sirio.  Me enseñaron constelaciones como Orión, Can Mayor o la Osa y objetos como la galaxia de Andrómeda o la nebulosa de Orión. Me mostraron fotografías que había en el Observatorio aprendiendo así  que esa nube gris que yo veía a través del Astrógrafo de 200mm. era un lugar donde estaban naciendo estrellas…porfin encontraba algunas respuestas a las preguntas que me había hecho desde aquella noche en Ciudad Real. En años posteriores, ese lugar se convirtió en un lugar de peregrinación para mi…era también el modo de escapar a ciertos problemas personales. De algún modo, en el cielo encontraba patrones y cierta regularidad, lo que en mi caso particular me faltaba. Era como si el mundo se hubiese vuelto loco, y tuviera más sentido lo que pasaba en el cielo, que lo que pasaba en mi o con mi vida.

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Imagen del centro galáctico de la Vía Láctea, con nuestro compañero Joanma Bullón en primer plano, en el desierto de Atacama, Chile.

Al ver esas minúsculas y débiles manchas, como son las galxias del cúmulo de Virgo con el telescopio TROBAR, me asombraba. El Universo ciertamente era infinito, a través de instrumentos como éstos, mis ojos captaban sistemas de cientos de miles de millones de estrellas a decenas o centenares de millones de años luz de distancia, estaba viendo con mis propios ojos los confines del espacio y del tiempo…y eso es realmente asombroso. La sensación que te provoca, todavía hoy, casi 14 años después, sigo sin poder describirla, y supongo que a vosotros os pasará un poco lo mismo.

Espero que desde estas humildes líneas, algún jóven o no tan jóven,  se enganche a observar el cielo nocturno. De algún modo, y quizás sin saberlo, nos embarcamos en un viaje de autodescubrimiento, como diría Sagan. A lo mejor, o a lo peor, logramos saber quiénes somos levantando la vista hacia las estrellas.

 

¡Un Saludo Cósmico Galáctico!

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